jueves, 26 de febrero de 2009

Guillermo David y el pampa Ferreyra, "el indio anarquista"


Las "alamedas de la historia" , aquellas que mencionaba Salvador Allende, ¿serán como estas del camino a la Colonia Juliá y Echarren? Por aquí habrá andado el "pampa" Ferreyra...


Ferreyra, el indio anarquista.

La generosidad del pensador y ensayista Guillermo David nos permite incluir aquí parte de uno de sus trabajos más recientes, que se relaciona con Río Colorado. Lo citamos:

“Una de las cuestiones más debatidas al considerar casos como los de Ceferino Namuncurá es la de la difícil, si no imposible decisión que afronta la víctima: la de tomar otras derivas frente a los hechos, que parecen no ofrecer muchas opciones. Se da por supuesto que un niño apropiado no podría haber hecho otra cosa más que aceptar supinamente la opresión. Pero en medio de las más atroces catástrofes a menudo resplandecen ciertos personajes cuyas vidas permiten matizar las derivas de la historia, que, post factum, suele ser considerada una fatalidad sin alternativas posibles.

El caso del pampa Ferreyra es uno de ellos. En su libro Gentes del Colorado – Los Burnichón y su tiempo (Bahía Blanca, 1982) José Antonio Otero, médico comunista de vasta actuación en la zona, refiere que conoció a Juana Díaz de Ferreyra cuando “era una tejedora indígena que pasaba los cien años de edad”. Es la suya una historia similar a la de Rosario Burgos, la madre de Ceferino, con quien probablemente haya tenido contacto. Pues como ella, habiendo sido cautiva de niña en épocas de Calfucurá, Juana fue criada en Chimpay en los toldos de Namuncurá. Según su testimonio, fue llevada al centro de la Provincia de Buenos Aires durante un malón y entregada a la tribu de Catriel, en cuyas tolderías vivió muchos años.

/…/ según sus palabras, Juana Díaz “pasó como cautiva por varias manos, y también por huincas”. En algún momento de su periplo como esclava consiguió establecerse y formar familia con el hijo del cacique catrielero Pichihuinca que tomó su nombre de Juan Ferreyra, famoso baquiano del ejército, quien le salvó la vida en una ocasión. Fallecido su hombre retornó a los toldos de Namuncurá en Chimpay” /… /sucedida la derrota a manos del ejército roquista comenzó la diáspora.

Su hijo, Pedro Ferreyra, apodado también “el pampa”, era un tapecito taciturno que, como Ceferino, fue arrancado de su hogar en Chimpay y llevado por los vencedores de su tribu a Buenos Aires, donde ingresó como peón al servicio de un establecimiento religioso. A diferencia de aquel, que por ser hijo de un gran cacique tuvo el privilegio de ingresar en el Colegio Pío IX, a Ferreyra solo le cupo un modesto empleo doméstico. Pero el joven, astuto e inquieto, que según los testimonios al igual que el futuro beato rápidamente se ganó la confianza de los religiosos, a diferencia de aquel no se dejó conquistar: en su fuero íntimo se mantuvo alerta, preservando bajo un semblante de docilidad la rebeldía natural originaria. Esa disposición anímica haría eclosión una tarde en que alguien le acercó subrepticiamente unos impresos en los que deletreó por primera vez la palabra “bóer”; la prensa anarquista circulaba como un virus, como una orden secreta presta a activarse en el momento indicado.”

Con estas palabras David nos introduce en la vida de Ferreyra, rica en azares y entreveros.


Después de esa lectura clandestina, ¿qué fue de la vida del “indio anarquista”? Adhirió a la causa de los republicanos bóer contra el imperio inglés; decidido a pelear junto a ellos, se fue de polizón a Sudáfrica, en un barco que cargaba acémilas destinadas al frente. Me divierte pensar que habrá sido uno de esos transportes de mulas enviadas para el ejército imperial desde las estancias inglesas de la Patagonia; sin saberlo, llevaban gratis al enemigo.


Las condiciones eran desfavorables para los granjeros boers: los ingleses movieron casi medio millón de hombres contra aquellos 35.000 voluntarios, y anticipando las tácticas de los yanquis en Vietnam, hicieron tierra arrasada de las pequeñas ciudades, granjas, casas y cultivos de sus adversarios, a los que mataron a mansalva. Algún cuento de Kipling recuerda estos crímenes de guerra. En aquella misma contienda, observa David, estuvieron alistados Winston Churchill como oficial imperial y Mahatma Gandhi como camillero.

De resultas de una herida engangrenada, Ferreyra perdió allí una pierna. Fue luego a dar con sus huesos en Italia, donde sólo consiguió trabajo como matón de la mafia. Era hombre de coraje, apto para enfrentamientos mortales. Pero añoraba sus pampas y su libertad; cuando lo enviaron a Dinamarca para realizar un asesinato, aprovechó para evadirse hacia América.

Anduvo matrereando por Corrientes y Entre Ríos, y al fin volvió a Río Colorado, donde vivía su mamá, tejedora y curadora. Don Lorenzo Juliá, fundador de la Colonia, le brindó lugar y trabajo como cocinero en sus tierras.

De nuevo sigamos el texto de Guillermo David: “Ferreyra solía relatar en magnífica forma toda la experiencia de las etapas cumplidas en su vida” –referirá Juliá a Otero. /…/ “tenía una gran capacidad para predecir el tiempo, los vientos, las lluvias y las tormentas captando, de los animales y las plantas, signos que lo orientaban ante el asombro de quienes lo rodeaban.” /…/ Según testimonio de Graciela, hija de Lorenzo Juliá, su conocimiento de los misterios de la naturaleza y el alma humana alcanzaban ribetes sobrenaturales. Por ejemplo, cuando llegaba una visita a la chacra, él miraba el vuelo de los pájaros y de ese modo conocía el carácter del visitante, si había que confiar en él o no, etc. Asimismo, un verano tórrido, cuando la cosecha de peras ya estaba madura, sin que nada lo anunciara vaticinó una helada mortal que quemó los frutales.”

Ferreyra estuvo junto a los Juliá hasta su muerte, acaecida a los 90 años de edad. Su trayectoria es, a juicio del autor que estamos citando, una demostración de la existencia de otros caminos para las víctimas, que no pasaban necesariamente por la sumisión.

A fin de año podremos leer este trabajo de Guillermo David, junto a otros igualmente significativos, en su libro “La tierra del diablo” que será publicado por Ediciones Las Cuarenta. Ya lo estamos esperando.

viernes, 13 de febrero de 2009

Fastos y operaciones simbólicas del Proceso, 1978 – 1979. (1)

Placa instalada, bendecida y aplaudida en mayo de 1979, ante el Puente carretero histórico. Homenaje de la Municipalidad de Río Colorado a los héroes de la "Campaña del Desierto". (Ver parte 3 de esta crónica).


Fastos y operaciones simbólicas del Proceso, 1978 – 1979.

Operaciones de refundación simbólica

En 1979 la dictadura cívico-militar (autodenominada Proceso de Reorganización Nacional) dio continuidad a una serie de fastos que había comenzado en el año anterior. Con estas conmemoraciones, el gobierno autoritario y genocida intentaba realizar una operación simbólica de refundación: instalar en la mentalidad colectiva la idea de que estaba naciendo una “nueva Argentina”. Nueva, pero que tenía sus raíces en ciertos “grandes hechos históricos” anteriores; grandes hechos que eran de tipo militar y punitivo. Lo que es mucho más grave, se procuraba moldear las cabezas para que la sociedad aceptara como algo benéfico el castigo a los que eran diferentes, a los que se oponían al “orden” establecido por los genocidas y sus socios civiles.

Los antecedentes de 1978

Los “operativos de oscurecimiento”


Un momento de refuerzo simbólico favorable a la dictadura se produjo entre fines de 1977 y comienzos de 1978. El gobierno y los medios de prensa hicieron campaña para prevenirnos acerca del peligro de una guerra con Chile. Se nos decía que el litigio por la zona del canal Beagle iba a desembocar muy posiblemente en un conflicto armado, porque Chile no reconocía los justos reclamos de la Argentina y pretendía quedarse con territorios de esta.

Como parte de la campaña de mentalización y uniformación, se hicieron “operativos de oscurecimiento”. En determinadas noches había que oscurecer toda la zona urbana y las chacras, para practicar lo que debía hacerse en caso de un ataque de aviones de guerra chilenos. Con este argumento, se nombraban Jefes de Manzana, que tenían que llevar un listado de los vecinos y registrar las actitudes de estos. En las noches de “operativo”, estos jefes (que a su vez dependían de otros, en una estructura piramidal) recorrían sus manzanas y llamaban la atención a quienes no tapaban debidamente las aberturas de sus casas para que no saliera luz al exterior. Se nos instruía acerca del modo de cubrir las aberturas, los focos de los autos y cualquier fuente de luz. La luz era peligrosa.

Por entonces ya hacía años que existían los sensores de radiación infrarroja, de modo que de poco habría servido el “oscurecimiento” en caso de un verdadero ataque aéreo; por otra parte, era ingenuo suponer que los presuntos enemigos no iban a saber atacar durante el día. En realidad, el verdadero propósito de estos operativos era cuasi militarizar a la población, crear un fantasma de agresión externa que hiciera dejar de lado y silenciar toda disidencia interna, generando una sensación de “estás vigilado”.

Acentuando el clima bélico, en nuestra localidad se instalaron soldados de un regimiento de defensa antiaérea, que armaron baterías sobre la llamada “loma de la Ermita” y en Buena Parada (en el edificio donde ahora está el Hogar del Niño.)

Proseguimos esta crónica en el artículo siguiente.

Fastos y operaciones simbólicas del Proceso (1978-1979) parte 2.


El monolito de homenaje al General J.A.Roca y a la "Campaña del Desierto", en Choele Choel. Inaugurado en 1944 por el régimen militar de entonces, fue en 1978 el centro de un acto público con la presencia del Gral. Albano Harguindeguy, uno de los gestores del terrorismo de Estado.

Fastos y operaciones simbólicas del Proceso, 1978 – 1979.

El Mundial ‘78


En 1978, a ese gobierno terrorista le había venido muy bien la primera celebración de un campeonato mundial de fútbol en el país, y el triunfo de la selección argentina. Le sirvió hacia fuera: los grupos económicos de otros países que hacían negocios con la dictadura pudieron alegar que en la Argentina había “orden” y “tranquilidad”. Precisamente en ese año en que las desapariciones, las muertes y los robos de niños alcanzaban cifras inigualadas. También le sirvió hacia adentro: grandes grupos de la población se involucraron en un clima de festejo, de “todo anda bien”, con la idea de que “somos los mejores del mundo”, de que “todos los argentinos estamos unidos en esto.” Lemas todos que contribuían a la continuidad y al refuerzo del terrorismo de Estado y de la política económica de desindustrialización y reducción de la economía.

En Río Colorado el festejo por el mundial de fútbol reunió a mucha gente en la plaza. Entre gritos de “Argentina, Argentina” y banderas desplegadas, el Intendente de facto encabezó los festejos y dijo algunas palabras.

San Martín como “General”.

Previamente se había desarrollado otra operación simbólica importante. Aprovechando que en 1978 se cumplían los 200 años del nacimiento de José de San Martín, se realizó una campaña de conmemoración militarista a lo largo de todo el año. Se les enviaron contenidos especiales a las escuelas y colegios, se ofrecieron conferencias, y en cada localidad, por pequeña que fuese, se formó una Comisión designada por su intendente para realizar la promoción de San Martín.

Se destacaban sus perfiles como militar y hombre de orden; no se habló de su pensamiento político, de su defensa de la independencia económica, de su antiimperialismo y sus posiciones libertarias. San Martín era “el General” y muy poco más. Se agregaba alguna referencia a su “ejemplar vida familiar”, sin mencionar sus relaciones ni algún hijo extra matrimonial.
El Año Sanmartiniano llegó hasta los parabrisas de los autos, en los que se pegaban calcomanías alusivas. Era este también un modo de identificación y refuerzo mutuo de los que simpatizaban con el Proceso. Se emitieron estampillas y se editaron suplementos especiales de las revistas escolares. Tuvo especial difusión la conferencia del Dr. René Favaloro sobre San Martín, que circulaba en cassettes.

En ese mismo año se cumplía el bicentenario del nacimiento de Mariano Moreno, pero no hubo alusión alguna al hecho. Tampoco en la “sociedad civil”: ningún diario emitió un suplemento especial sobre el autor del Plan de Operaciones, mientras que varios sí lo hicieron para conmemorar al “General San Martín.”

Terminamos esta revisión en el artículo siguiente.

Fastos y operaciones simbólicas del Proceso, 1978 - 1979 (parte 3 y última)


Placa "del personal policial" en homenaje a la "Campaña del Desierto". Instalada junto al puente carretero histórico, en 1979.


Fastos y operaciones simbólicas del Proceso, 1978 – 1979.

La “Campaña del Desierto”.

Apenas terminado el año sanmartiniano, nuevamente los intendentes fueron instados a formar comisiones "de notables" en las localidades patagónicas. Esta vez, las comisiones debían organizar la conmemoración del centenario de la Campaña “del Desierto” de 1879. La dictadura terrorista adoptó esa campaña como un elemento simbólico central. Esos militares esforzados que habían luchado “contra el salvajismo” y el desorden, eran presentados como los antecesores de los actuales señores de la espada. Los pueblos originarios eran asimilados a los perseguidos por el régimen, a quienes se denominaba "subversivos". Subversivo y salvaje eran emparentados en este discurso dictatorial.

(Acotemos que en el año 2001 el abogado Horacio Liendo, hijo del general del mismo nombre y asesor principal de Domingo Cavallo, planteaba también que la opción entre "civilización y barbarie" estaba aún vigente. Si queríamos ser "civilizados", debíamos aceptar la deuda externa ilegítima, mantener las ataduras a los organismos de manejo económico internacional, evitar todo pujo de independencia económica, no aplicar políticas cambiarias o aduaneras, no regular las relaciones laborales para defender a los trabajadores. Lo contrario, la protección de nuestras fuentes de riqueza, de los trabajadores y de las actividades nacionales, era "barbarie". Así lo dijo. Esto nos permite ubicar los intereses que se deslizan tras las definiciones aparentemente "históricas".)
En aquel año 1978, de nuevo las escuelas recibieron folletería con materiales “especiales” (como los habían recibido para abordar el Año Sanmartiniano y el conflicto del canal de Beagle). Era este un modo de desembarcar en las aulas con un programa ideológico que legitimaba al régimen del terror de estado.
Cabalgatas, monolitos chicos y monolitos grandes.
Lo más pintoresco que se registró en la zona fue una cabalgata, encabezada por el Sr. Videla Dorna, de vieja estirpe oligárquica, con la pregonada intención de imitar al pie de la letra la marcha de los expedicionarios de 1879.
La cabalgata, auspiciada por la Sociedad Rural de Bahía Blanca, el diario La Nueva Provincia, el V Cuerpo de Ejército y los gobiernos nacional, provinciales y municipales, salió de Bahía Blanca el 15 de mayo. Tenía que llegar a Choele Choel el 25 de Mayo, y festejar allí el día del movimento de Mayo de 1810, como lo habían hecho las tropas en 1879.
Se comentó en los medios que los jinetes imitaban hasta en su alimentación a los “héroes” de 1879. Quizás hubo algunas diferencias, porque tenemos entendido que ni Julio A. Roca ni sus oficiales consumían tanto whisky como sus émulos de un siglo después. Tampoco disponían de cómodas camionetas para sortear las distancias entre pueblo y pueblo y aguardar a los pocos que efectivamente iban de a caballo.
Lo cierto es que el 20 de mayo la cabalgata llegó a Río Colorado, donde fue agasajada con un pantagruélico asado que organizaron las autoridades municipales y las fuerzas vivas. Los riocoloradenses pudimos ver de cerca al Gral. José A. Vaquero, jefe del V Cuerpo de Ejército, que venía con la caravana. Era para el escalofrío.
A modo de conmemoración, se colocaron dos placas junto al viejo puente carretero. No era ese el lugar por donde los expedicionarios cruzaron el río, pero quedaba más cómodo hacer el homenaje allí. Una placa está firmada por “La Municipalidad de Río Colorado” y hace presente en el “Centenario de la Campaña del Desierto” su “homenaje a los héroes que agrandaron nuestras fronteras civilizadoras”. (Ver foto en la parte 1 de esta crónica).
Como no existían unidades de las fuerzas armadas con sede en la localidad, parece que se optó por hacerle pagar la otra placa a la Policía. ¿Quizás pensando que la Campaña fue una especie de operación policial? La referencia es también a la “Campaña del Desierto”, al personal policial, y a su “homenaje a la gloriosa empresa”. (Foto en este artículo).
Las placas fueron descubiertas en un acto público. Concurrieron delegaciones escolares, el Intendente de facto pronunció un discurso, y el cura párroco bendijo las placas, además de solicitar una oración por aquellos héroes militares (los de 1879). El acto no contó casi con concurrencia civil.
La gran movida de Choele
A los pocos días tuvo lugar en Choele Choel el momento más sonado de esta puesta en escena. Allí, el 25 de mayo, se realizó el acto central de conmemoración de la "Campaña del Desierto". El sitio elegido fue el monstruoso monolito que aplasta la vista desde 1944 hasta hoy (ver foto en la parte 2 de esta crónica). El acto fue presidido por el general Albano Harguindeguy, Ministro del Interior de aquel gobierno y pieza maestra del sistema de terror; estuvieron presentes en el palco el general Luciano B. Menéndez, feroz ejecutor de detenidos ilegalmente, el general Vaquero, bajo cuya jurisdicción funcionaron varios campos de exterminio clandestino, y otros jefes militares destacados.
En el acto de inauguración del monolito estuvieron presentes figuras políticas locales que luego harían carrera en tiempos de la democracia.

Ramón
13 de febrero de 2009

Nota bibliográfica

Para saber más, y mejor:

- el trabajo de Carlos Espinosa. El monolito gigante de homenaje a las Fuerzas Armadas en Choele Choel, en el que se narra la historia de este monumento diseñado por el escultor Alfredo Bigatti (también coautor del Monumento a la Bandera, de Rosario). Pueden solicitarlo a su autor, a perfiles@rnonline.com.ar

- el libro de Osvaldo Bayer "Entredichos". Buenos Aires, Ochava Ediciones, 2008,

- el artículo de Laura Sánchez "La negación del genocidio en el discurso sobre la Conquista del Desierto". En las 3ras. Jornadas de Historia de la Patagonia, S.C. de Bariloche, 2008.

jueves, 12 de febrero de 2009

La pueblada del 2 de abril de 1984, por la revisión de la deuda externa.

La plaza en otoño. Ojalá volviera a llenarse como aquel 2 de abril del 84...


LA PUEBLADA DEL 84

Pueblos y puebladas



Cuando los pueblos se hartan, o cuando se sienten amenazados, ocurren las puebladas. Pobre del pueblo que no las haya tenido. Como dice el protagonista de la película V de venganza “mejor que el gobierno le tenga miedo al pueblo, y no el pueblo al gobierno”.

Estamos recordando las puebladas más recientes de Río Colorado, las que todavía están en la memoria colectiva, contrarrestando a duras penas el eficaz funcionamiento de las “máquinas de olvido” mediáticas, académicas y políticas. Estos mecanismos tienden a borrar el recuerdo de acontecimientos que ponen en cuestión las arbitrariedades de un poder olvidado de sus mandatos.

Hemos narrado ya la pueblada de 1972, reacción contra el pésimo manejo de la obra de pavimento urbano. Era en realidad una rebelión contra el autoritarismo tecnocrático. Aquel movimiento masivo depuso a un intendente y le movió el piso a un gobernador militar.

En un próximo artículo vamos a dar cuenta de la que se produjo en 2002, frente a la soberbia de quienes instrumentaban ajuste tras ajuste, sin percatarse de lo extremo de una situación social frágil, con desempleo y angustia generalizada. Esta última pueblada, en cuyo transcurso los trabajadores y desempleados ocuparon el Municipio y renunció un importante referente político del sistema provincial, encontró amplia difusión en el país.

Hoy haremos memoria de una pueblada pacífica, tan serena como firme. A nuestro entender fue una demostración de madurez política de nuestro pueblo. Esta movilización ocupó la plaza San Martín en abril de 1984; sus ecos llegaron hasta la prensa escrita y oral nacional. Si hubiera sido imitada en todas las plazas de la Argentina, otra hubiera sido nuestra historia reciente.

Numa Bini

Para comenzar esta historia, es obligado hacer referencia al promotor del movimiento, Numa Bini. Así podremos entender por qué prosperó la idea de hacerlo, y por qué todos participamos.

Bini era en los años ’80 el Intendente local de Agua y Energía Eléctrica de la Nación. Era esta, desde la década de 1940, una empresa fundamental para la provincia y para la zona, porque manejaba las obras de regadío, diseñaba proyectos, los gestionaba, y acopiaba información relevante sobre el manejo del recurso hídrico en la región, de manera integrada con todo el conjunto del país.

Cuando terminó la dictadura cívico-militar de 1976-83, este hombre pudo haberse quedado disfrutando de su cargo, sin complicarse la existencia y atendiendo su vida privada. Pero prefirió dedicar su destacada capacidad técnica y política a la cosa pública.

Hay gente y hechos que con el tiempo, al entrar en comparación con otros sucesos y personas, van disminuyendo en la evaluación. En cambio otras personas y sucesos, por contraste con lo que viene después, se agrandan. Los testigos vemos cada vez más, en ellos, la presencia y vigencia de ciertos valores fundamentales para la vida y la sociedad. Entre los que se agrandan con el tiempo, lo incluyo a Numa.

Fue candidato a gobernador de Río Negro por el Partido Intransigente en las elecciones del 30 de octubre de 1983. Realizó una campaña esclarecedora y sin agresiones, distante pero respetuosa de los demás partidos. Se preveía una polarización en los comicios, entre el peronismo y el radicalismo, que eran las fuerzas mayoritarias. Y así ocurrió. Lamentablemente, se perdió la oportunidad de que personas como este hombre de quien hablamos llegaran a cargos de gobierno. Penosa omisión, porque había personas que militaban con seriedad y con vocación popular y nacional en ese partido.

Apenas concluyó el cómputo de los votos y se supo quiénes habían sido elegidos en la localidad, la provincia y la nación, Bini estuvo contribuyendo como dirigente y como técnico para que la gestión de los mandatarios fuera exitosa.

En esa época me habían designado en un cargo municipal, y a menudo recibía la visita de Numa, que venía a conversar con el intendente Juan Alfonso (“Juanchi”) Villalba (1983-85, reelecto para 1985-87), para transmitirle inquietudes y ofrecerle ideas.

Contra el desguace de Agua y Energía

Por medio de “Juanchi”, Numa solicitó una entrevista con el gobernador, Osvaldo Alvarez Guerrero (1983-1987) en la que se atrevió a plantearle un tema tan delicado como importante. Se hablaba de disolver la empresa Agua y Energía Eléctrica de la Nación, entregando sus retazos a las provincias. Numa sostenía que era una idea equivocada: con el pretexto de “federalizar” la gran empresa, se la iba a atomizar y devaluar. Con sus dimensiones de entonces, AyEE era sostenida por el presupuesto nacional, sin gravar a la provincia; disponía de información y técnicos de calidad, lo que la convertía en una consultora gratuita para los gobiernos provinciales y locales; podía proyectar y encarar obras de gran magnitud, y manejar sistemas que a nivel local eran deficitarios, gracias al aporte compensatorio de la Nación, que promovía a las regiones menos privilegiadas del país.

Numa planteó estos razonamientos, sin éxito. Supone quien escribe estos renglones, que el desguazamiento de la empresa significaba una cuota de poder para la partidocracia, una cantidad de empleos y cargos a disposición de la política menuda, y la ilusión de manejar algo. Las consultoras privadas, las contratistas de obras y algunos grupos de profesionales aplaudían también la idea del desarme, que significaría una privatización de la inteligencia y la consiguiente posibilidad de contratos interesantes. De modo que Agua y Energía Eléctrica entró en el camino de las “provincializaciones”. Pero deseo destacar el coraje civil de un hombre que pudo haber permanecido en silencio, y en cambio puso lo suyo al servicio de una causa – aún previendo que no iba a ser escuchado.

Otro episodio lo pinta de cuerpo entero. Un día invitó al intendente Villalba y a este cronista a su lugar de trabajo en Agua y Energía. Era para demostrarnos, sobre los planos que tenía la empresa, la posibilidad de hacer un drenaje a cielo abierto que iba a corregir, de modo natural y casi sin costos, el problema de la elevada napa freática en la zona urbana. La napa alta, a sólo 25 cm del piso en algunos lugares, estaba provocando grietas y derrumbes. Los técnicos aconsejaban asentar todas las construcciones sobre una gruesa batea de cemento armado de un tipo determinado –con el enorme costo que se puede suponer. Numa facilitó las máquinas de Agua y Energía, se hicieron las acequias a cielo abierto que él proponía, el agua comenzó a escurrir lentamente, y en pocos meses se resolvió el problema.

La propuesta de una movilización

A fines de febrero de 1984, tan sólo a unos sesenta días de haber asumido los primeros gobiernos electos, Numa comenzó a plantear un problema básico que no todos tenían presente: el volumen monstruoso de la deuda externa que habían dejado impaga los gobernantes de la dictadura, iba a atar de pies y manos a los gobiernos constitucionales. Si la deuda externa no se revisaba, en muchos aspectos sería ilusorio decir que teníamos un gobierno con capacidad de decisión en favor del pueblo. Las autoridades electas iban a ser rehenes de las finanzas internacionales y de sus personeros locales.

Bini sostenía que debían reunirse todas las fuerzas políticas y todas las entidades ciudadanas, para dar su respaldo al gobierno nacional (el del Dr. Raúl Alfonsín) y al Congreso, a quien incumbe la negociación de la deuda, a fin de que rechazaran su pago, basándose en su falta de legitimidad. Había que revisar esa carga enorme hasta establecer qué endeudamiento había sido contraído legítimamente. Pero además, insistía Numa, el punto era la imposibilidad concreta del pago. Tiempo después, un extenso fallo del juez federal Dr. Ballesteros ratificaría que esa deuda era fraudulenta e ilegítima.

Numa Bini (quien, reiteremos, no era oficialista) conversó con el intendente, con los dirigentes de los distintos partidos sin excepción, con los representantes de la APDH (Asamblea por los Derechos Humanos)… en fin, con todos. En sus recorridas por las chacras para explicarles a los productores el motivo de esta movilización, lo acompañaron Juancho Prates y el Dr. Carlos Peña, dirigentes del partido Justicialista (que a la sazón también estaba en la oposición). De este modo se logró que el martes 2 de abril de 1984, se llevara a cabo la movilización callejera. Para quien esto escribe, ese encuentro público significó para Río Colorado un nivel de conciencia y manifestación política inigualado en el país.

El día de la plaza

Fue un día hábil, pero cerraron los comercios, las oficinas públicas, las escuelas, hasta los bancos. Hubo asueto oficial... y el que la propia gente se tomó. En la plaza vivimos un ambiente festivo desde media mañana. Vinieron familias enteras a participar. Había chicos y jóvenes, interesados en lo que sucedía. Escuchamos música de artistas locales, y luego hablaron todos los dirigentes políticos de Río Colorado, comenzando por el propio Numa. Este no aprovechó para ocupar “el centro de la foto”, sino que destacó el papel del conjunto de la sociedad en el movimiento.

Todas las fuerzas políticas y sociales firmaron un manifiesto en el que se le pedía al Presidente y al Congreso de la Nación que suspendieran el pago de la deuda externa y la renegociaran. El logro de este consenso, debido en gran parte a Bini, significó un éxito político sin dueños particulares.

La “plaza de Río Colorado” (así se la llamó) ocupó un lugar importante en las páginas de los diarios regionales y nacionales. El sábado 7 de abril Eduardo Aliverti hizo una crónica de la asamblea pública en su programa radial, emitido desde Buenos Aires. El amigo Carlos Espinosa, periodista e investigador de la historia local y regional, estuvo presente el día 2 y envió sus despachos para la agencia Telam: "transmití desde la Cooperativa, utilizando un telex Siemens 1000 (aparato infernal, si lo hubo)" me cuenta. Él encontró el mejor de los títulos a esa jornada: "Yo siempre recordé el episodio, con un poco de humor, como "el día que desde la Patagonia se hizo tambalear al FMI". Puede parecer que ese rótulo nos queda grande... pero quién sabe: si el ejemplo hubiera cundido...

Dentro de poco se cumplirán los 25 años de esta memorable movilización popular . Pese a lo que proponía Numa Bini, la empresa Agua y Energía Eléctrica de la Nación se fragmentó y se perdió. Y también, pese a lo que proponía él y a lo que ese día quiso todo el pueblo de Río Colorado, las fuerzas políticas perdieron su capacidad para luchar juntas contra la enajenación nacional. Luego sucedió todo lo que sucedió.

Pero Bini (y con él los que llenaron la plaza aquel día) habían puesto la voz y el cuerpo para que las cosas ocurrieran de otro modo. ¿Fueron demasiado idealistas, como se dijo entonces? Por el contrario, habría que decir que propusieron lo más práctico y sensato, lo que se hubiera debido hacer antes que nada y entre todos. En la historia reciente de Latinoamérica hemos presenciado definiciones similares a las que proponían esos "idealistas" de la plaza de Río Colorado en 1984. Si a alguien es imputable la frustración histórica que nos sucedió después. no es precisamente a ellos.


Ramón Minieri

12 de febrero de 2009

miércoles, 28 de enero de 2009

El Wool Movie. La esquila y las comparsas.


"Latas" de esquila. A diferencia de la moneda interna de los latifundios, estas latas eran parte de un proceso de distribución de importantes ingresos que beneficiaba a pequeños empresarios y trabajadores.


WOOL MOVIE – LOS TIEMPOS DE LA ESQUILA

Todos los años, entre setiembre y octubre, unas mil personas salían de Río Colorado; recién volverían a fines de enero o aún mediados de febrero.

Esto sucedió desde comienzos del siglo XX, se acentuó en las décadas de 1940 a 1970, y casi se extinguió en los 90, cuando la política cambiaria llamada del “uno a uno” (Menen – Cavallo) afectó a la rentabilidad de las estancias laneras.

Pero hasta entonces, se llevaba a cabo todas las primaveras y veranos esta especie de road movie que brindaría argumento para más de una película. Esto se sigue haciendo aún hoy, sólo que con menor cantidad de personas involucradas; actualmente serán unas 400. Lo llamamos el Wool-movie de Río Colorado.

Un empresario, un encargado, una cuadrilla

Había (y hay) en cada caso un empresario, el contratista de esquila. Este es quien acuerda con los propietarios de campos de cría de ovinos a lo largo de toda una ruta que comienza en “la Provincia” (es decir, la de Buenos Aires) o en La Pampa, y sigue hasta el sur de Santa Cruz, ya pegando contra el Estrecho. Apenas se termina el trabajo en una estancia, se marcha hacia otra, las máquinas en camiones y la gente en algún colectivo del empresario.

El empresario es dueño de una o más máquinas esquiladoras. Si tiene varias, pone a cargo de cada una de ellas un encargado, que estará al frente de una cuadrilla. El encargado recibía el 50% de la ganancia obtenida por su máquina.

La cuadrilla está integrada por personas con distintas ocupaciones, de las que hay un ordenamiento jerárquico. El esquilador y el mecánico ocupan la cúspide de la jerarquía, inferiores sólo al encargado. Por debajo siguen el levantador, el agarrador… haciendo estas tareas se inicia el que después llegará a ser esquilador. Y, oh inquietante presencia, el cocinero, que a veces deleita a la cuadrilla y otras veces la hace padecer con sus cochuras. A veces han tenido que cambiar tres veces de cocinero en una sola campaña.

De los tanos a los criollos. Por qué Río Colorado fue capital de esquiladores.

Me cuentan los contratistas que la esquila comenzó siendo hecha por italianos, trabajadores golondrina que venían para ese fin y luego regresaban a Italia. Después sucedió que en nuestra zona se inició la explotación del ovino. Y entonces hubo bastantes personas que aprendieron, en sus propios campos o conchabados, a esquilar. Y así se dio que Río Colorado fue un activo centro de esta actividad. La ubicación de este pueblo en un cruce de rutas favoreció el desarrollo de ella.

En carros y a caballo, o luego en camioncitos o camiones y en colectivos, se llevaba todo el equipamiento necesario para esquilar, y para la subsistencia de la gente. Menaje de cocina, colchones y frazadas, pilchas de toda índole; y la máquina de esquilar, y repuestos para la máquina, y tijeras y peines… Los vehículos y la gente, con abigarrado aspecto, componían la comparsa que iría de campo en campo. (“Comparsa” de cum + pars, es decir, los que toman parte conjuntamente en algo).



Me cuentan que en Río Colorado el primer contratista de esquila fue don Ramón Peralta, que introdujo la innovación de incorporar tres camioncitos Ford T. Una osadía para la época (años 1930). Otros destacados contratistas han sido don Claro Lucero, don Manuel Barrionuevo, don Pedro Sosa. Hoy por hoy, uno que se destaca es Jorge Klein. Y aunque jubilado, lo tenemos a don Heber Farías, que nos ha transmitido la mayoría de estos datos. Pocho Lahetjuzan también sale todos los años con su cuadrilla. Y mencionemos a Alberto Puzchini, inventor y constructor de prensas y otras maquinarias afamadas en el sur.

Datos numéricos. Las latas.

Algunos datos más, quizás para el asombro. Hay estancias donde unos 150.000 ovinos esperan a los esquiladores. Los van trayendo por majadas desde el campo. Cada esquilador puede (es el registro más alto) trabajar hasta unas 320 ovejas por jornada. Actualmente vienen esquiladores de Corrientes. Entre Ríos, y hasta algún oriental. El récord de tiempo por oveja está entre el minuto y los 58 segundos.

Cuando el hombre ha terminado de esquilar una oveja, el playero le deposita en un recipiente que está a su espalda, una “lata” – es una especie de monedita hecha en latón. Y lo toca en el hombro. El esquilador siente el toque y escucha el sonido de la lata, que le asegura que le ha sido registrada esa oveja en su cuenta. No tiene tiempo de volverse o de ponerse a controlar; de modo que esas señales sonora y táctil le permiten computar sus registros.

Cuando al contratista o al encargado le escasean las latas, porque ya la mayoría han sido entregadas a los esquiladores, esperan al fin de una jornada y les entregan a estos unos vales (por cien ovinos, o los que fueren) a cambio de las latas que han acopiado. En la foto les presentamos algunas latas, entre las que hay casi obras de arte. Pudimos fotografiarlas en la colección de Raúl Figueroa, a quien le agradecemos la gauchada.

En las cuadrillas solía haber problemas de convivencia, como es dable esperar de un grupo que tiene que compartir lugares y tareas durante tres meses. A veces hubo cuchilladas, y el encargado tuvo que esmerarse para zanjar una situación conflictiva. Me dicen que actualmente está establecido que no se lleva vino en la campaña, y desde entonces prácticamente ha desaparecido este tipo de problemas.

Importante y poco conocida actividad

No dispongo de cifras para informar cuánto dinero mueve la esquila en nuestros días. Pero imagino que tan sólo el importe que cobran los 400 trabajadores involucrados ha de ser bastante importante. Agreguen todo lo que perciben los talleres que reparan máquinas y automotores, los negocios que venden elementos de toda índole a los contratistas… y verán que es una actividad importante para nuestra región. Tan importante como escasamente conocida.

Después de conversar con esta gente, me quedé con ganas de ir a ver algún día cómo es esto de la esquila.




Ramón.


Río Colorado, enero de 2009.

martes, 13 de enero de 2009

Historia de una moneda. Latifundios y atraso.




HISTORIA DE UNA MONEDA
LATIFUNDIOS Y ATRASO REGIONAL

La moneda privada


En la imagen podemos ver una moneda privada de 50 centavos, semejante a las nacionales, estampada para su uso en las tierras de los Duhau. Parte de estas tierras formaron la propiedad latifundista conocida como “Viñedo Nazar Anchorena” o simplemente “El Viñedo” (estación ferroviaria Coronel Eugenio del Busto), aguas arriba del pueblo de Río Colorado.

El latifundio Duhau


Candelaria Foullerac de Duhau compró en 1895 estas 80.000 hectáreas (32 leguas cuadras), a menos de un peso la hectárea, al Capitán de Fragata Carlos María Moyano. Al igual que algunos otros oficiales, Moyano había obtenido esas y otras superficies como “premio” del gobierno nacional, por haber participado en la ocupación militar de la Patagonia. Se las habían adjudicado en Santa Cruz; claro que las tierras en aquellas latitudes no valían lo mismo que sobre las costas del Colorado. Entonces Moyano, que era personaje influyente, pidió y logró un beneficioso canje por esta última ubicación. En cuanto a doña Candelaria, ya era propietaria de importante cantidad de tierras en la provincia de Buenos Aires.

La enorme propiedad de los Duhau en esta zona rodeaba los nacientes poblados de entonces. Había pobladores aquí ya en 1865 (más de una década antes de la ocupación militar). Para la época de la compra por la viuda de Duhau, ya existían Buena Parada y Melicurá (este último poblado, en la orilla pampeana). Y pronto comenzarían a establecerse negocios y casas en el actual Río Colorado.

Los enormes dominios de los Duhau se fueron fragmentando debido a su adquisición parcial por integrantes de una pequeña burguesía agropecuaria y comerciante local. Estos acumularon capitales mediante el comercio de mercaderías y frutos del país, realizando trabajos de alambrado de campos, o como contratistas de esquila, y pasaron a ser dueños de tierras. Así se fue fraccionando la gran propiedad.

De todos modos los herederos de este latifundio, primero los Duhau y más tarde los Nazar Anchorena, fueron un factor de retraso para la economía regional. En 1921 un grupo de vecinos y propietarios creó una Sociedad Anónima para instalar el regadío en este valle. Invitaron a Enrique Duhau, dueño de las tierras mencionadas, a ser parte y beneficiario del proyecto. Pero él se negó a participar, y ni siquiera permitió que el canal pasara por ellas, aún a cambio del pago de una servidumbre. De resultas de su negativa, el sistema de riego se vio afectado en su totalidad: no pudo instalarse una toma lo bastante aguas arriba como para lograr una buena pendiente; eso se podría haber hecho sólo en tierras de Duhau. Posiblemente Duhau apostaba a impedir de este modo el desarrollo de cultivos bajo riego en otras áreas, que podían competir con su pequeño imperio.

Gente de cuidado


Pero qué gente esta. Hijo de Candelaria fue Luis Antonio Duhau, Ministro de Agricultura del gobierno oligárquico y fraudulento de Agustín P. Justo. Cuando se destapó un negocio sucio con la exportación de carnes, en el que estaban complicados el propio ministro y los frigoríficos ingleses, apareció un pistolero a sueldo en el Senado, y durante la sesión mató de un tiro a Enzo Bordabehere, compañero de bancada de quien estaba denunciando la trapisonda, Lisandro de la Torre. El disparo tenía por destinatario a de la Torre; y era un secreto a voces que el asesino fue contratado por Duhau o por alguien que obró en su representación. La familia estaba emparentada con otras de la oligarquía (Avellaneda, Santamarina, Villanueva, Lacroze…)

Apogeo del Viñedo


Durante un tiempo las tierras del Viñedo Nazar Anchorena (apellido de una rama de herederos de los Duhau) fueron un emporio agroindustrial. Allí se producían espárragos enlatados, vinos finos a partir de cepas traídas de Francia, contenidos en enormes toneles de roble europeo, y distintas hortalizas en conserva. Pero cuando fue necesario reinvertir, los dueños prefirieron el vaciamiento de esta empresa. Con ello consiguieron beneficios impositivos de gobiernos nacionales que a menudo los atendían con preferencia. Por ejemplo, bajo el régimen dictatorial de 1976 – 1983, los Nazar Anchorena podían contar con el apoyo de su amigo el brigadier Rubens Graffigna, jefe de la Fuerza Aérea. En esa última etapa, esta gran propiedad funcionó de nuevo como tapón para un proyecto de desarrollo local: impidió facilitar el riego de una amplia franja que habría mejorado las posibilidades de la ganadería local. La expropiación que desbloqueó este obstáculo se pudo realizar tan sólo cuando asumió el primer gobierno constitucional provincial rionegrino (de Osvaldo Álvarez Guerrero). Antes, cuando no imperaba el estado de derecho, suponía todo un riesgo pedir la expropiación de ese latifundio improductivo, como se atrevieron a hacerlo algunos vecinos.

Durante el apogeo de la explotación del Viñedo (décadas de 1930 a 1960), circulaba la moneda propia con la que se pagaba a sus casi doscientos trabajadores, y que éstos debían utilizar en la misma proveeduría de los patrones. Se ejercía un fuerte control sobre los obreros agrícolas, que vivían de modo casi permanente en el latifundio. Allí había una iglesia a la que traían de vez en cuando un cura, estaba la mansión de los propietarios, a la que traían de vez en cuando cocottes francesas para sus fiestas privadas; y funcionaban una usina, un aserradero, una planta de envasado, otra de enlatado y una bodega. La propia política empresaria de los latifundistas, a quienes les convino fundir este emporio y desguazar las instalaciones, malvendiendo maquinarias y herramientas, y la complicidad de los gobiernos autoritarios, hicieron que esta propiedad no sirviera para el desarrollo local o regional. Antes bien, como ya señalamos, fue un obstáculo para ese desarrollo.

Un fantasma propio


Como parte del sistema de control, los patrones manejaban hasta un fantasma propio: se hablaba de misteriosos ruidos en una de las casas abandonadas que habían estado destinadas a los colonos; se rumoreaba que tenía la forma de un perrazo oscuro. Era un fantasma muy conveniente, porque nadie se acercaba al lugar por donde se sacaban clandestinamente maquinarias y herramientas en los días del vaciamiento de la empresa. La leyenda recuerda a otras que sirvieron al mismo fin de amedrentamiento, como el “familiar” con el que se aterrorizaba a los trabajadores de las fincas latifundistas del norte argentino, y al que se le atribuía la misteriosa desaparición de algún peón díscolo de tanto en tanto.

La moneda privada (vales o chapitas marcadas) se utilizó también en las salinas de Anzoátegui y en otras grandes propiedades de la región. Este sistema de pagos fue prohibido por el gobierno peronista de 1946 – 1955, pero volvió después, bajo formas algo disimuladas.

Para pensarlo


Esta historia de una moneda invita a pensar dos veces cuando se pretende entusiasmar a la gente con la promesa de un “gran inversor” que vendrá a poner en producción las tierras. Por motivos sociales y económicos, y a la vista de esta experiencia, preferimos un país con muchos propietarios de pequeña escala. En otro lugar hemos planteado la disyuntiva, y votamos por las aves, no por los dinosaurios.

(Moneda cortesía de la colección de Raúl Figueroa. Relato basado en testimonios orales de obreros del Viñedo y vecinos de Río Colorado.)

miércoles, 10 de diciembre de 2008

Los masacrados de La Adela, abril de 1976

Buenos amigos: el obispo de La Pampa Adolfo Arana; el entonces coronel
Ramón Camps, el padre Espinal, el mayor Baraldini, en un acto en Santa
Rosa, año 1975.


Los masacrados de La Adela, abril de 1976



A uno de ellos lo mataron por ser hermano mellizo. Al otro, por haber estado de casualidad en un lugar. A un tercero no sabemos todavía por qué, como no sabemos tampoco quién era.

Los dos primeros muertos, acribillados a balazos, habían aparecido en los primeros días de abril cerca de La Adela y de la ruta 22, en Gaviotas, a la altura del llamado “Meridiano 36”. Para ser más exactos, a 300 metros hacia el interior del kilómetro 807 de esa ruta nacional.

No sólo estaban sus cuerpos y cráneos perforados por proyectiles de calibre 45 y de 9 mm. Atados uno frente al otro, les habían hecho estallar una carga de trotyl entre ambas cabezas, como para tornarlos irreconocibles.

El comisario de La Adela comunicó la novedad al Interventor militar de la Provincia, el pretoriano general Enrique Aguirre Arrieta, quien dio orden de no divulgar el asunto.

La investigación posterior permitió establecer la identidad de las víctimas:

- Daniel Riganti, ingeniero electrónico que trabajaba en Bahía Blanca, en la empresa Proa. Era casado, joven de 29 años de edad, y tenía dos hijos. Había sido “chupado” el 22 de marzo. El motivo: parecerse a su hermano mellizo, Jorge Riganti, activista e integrante de una organización armada, que desapareció días después;

- Juan Carlos Prádanos, ingeniero y profesor universitario, “chupado” el 23 de marzo. Prádanos vivía en Hilario Ascasubi, pero ese día estaba realizando diligencias en Bahía Blanca. Se acercó al local de un taller mecánico, porque su auto necesitaba una reparación. Por estar en ese lugar, se convirtió en sospechoso, e inmediatamente en víctima.

Uno por parecerse a su hermano, y el otro por acercarse a un lugar vigilado. Así funcionaba la inteligencia militar de la tiranía – con la que contribuían unos cuantos civiles.

Riganti y Prádanos fueron sepultados en el cementerio de La Adela como N.N. El acta de defunción rezaba “muertos en un enfrentamiento.”

Días después apareció un tercer muerto, a unos diez kilómetros de La Adela. Era hombre de más edad que los anteriores, bien vestido; tenía la pierna izquierda amputada a la altura de la rodilla, y llevaba muletas de madera. Estaba también acribillado a balazos. Hasta hoy no sabemos quién era.

En todos los casos, las pericias establecieron que los asesinatos se habían producido en el mismo lugar donde se hallaron los cuerpos. Allí estaban las cápsulas de los proyectiles.

La esposa de Prádanos había logrado entrevistar al general Osvaldo René Azpitarte, comandante del V Cuerpo de Ejército con sede en Bahía Blanca. Este le dio a entender que con Prádanos se había cometido un error: “Pero cómo, ¡entonces él no vivía en esa casa!” y le prometió que aparecería de inmediato. Después ella supo que para entonces su marido ya había sido asesinado. Confiando en la palabra del asesino, ella había esperado a su esposo con un regalo.

Los padres de los Riganti tenían una talabartería y venta de artículos de cuero en Bahía Blanca, en la calle Chiclana. La familia sufrió los atroces asesinatos de los mellizos, dos hermosos y vitales jóvenes. Vivieron en Holdich al 700; aquellos chicos habían sido alumnos de la Escuela primaria Nº 3, Bernardino Rivadavia, de calle Terrada. Un amigo que los conoció en la escuela me acerca estos datos. Hoy esos chicos tendrían quizás 60 años de edad. Sus asesinos los inmortalizaron en la juventud.
No sabemos si era también hermana de ellos Stella Maris Riganti de Díaz López, desaparecida en San Fernando, provincia de Buenos Aires, el 15 de mayo de 1976. Tía de los mellizos era Rosita Boviá, una maestraza que había trabajado en escuelas de la zona de Benito Juárez, en la provincia de Buenos Aires, y luego pasó sus años de jubilada en Bahía Blanca.

Los habitantes de La Adela y Río Colorado vinimos a saber cuántos y quiénes eran los asesinados tan sólo después de fines de 1983. En aquel luctuoso año 1976 sólo se bisbiseaba que habían aparecido algunos muertos allí cerca de la ruta.

¿Habrá alguien que pueda dar alguna pista para identificar al tercer asesinado? ¿Cuál de entre los muchos desaparecidos de Bahía Blanca y la zona puede haber sido? Que no le demos por asesinado hasta el nombre. ¿No estará por ahí el archivo de algún Monseñor Graselli, que dé cuenta de la identidad de este hombre?

¿Habrá alguien, entre quienes viven en La Adela o en sus cercanías, que quiera recordar a estos masacrados del “Proceso de Reorganización Nacional”? Aunque más no fuere, con una inscripción en el lugar donde fueron ejecutados.

¿Habrá alguien que todavía defienda al “Proceso”? Hoy escuché que sólo un 10% de los jóvenes argentinos valoran la democracia como sistema. A la vista de los sucedáneos, de la democracia descartable que les han ofrecido, esto no es casual. Pero… no habrá alguien que sepa decirles que, como mínimo de los mínimos, habiendo democracia, aunque sea esta democracia tan incompleta, el asesinato no es parte practicada, aceptada, consabida y acallada del sistema político?

(Datos de “Informe 14. La represión ilegal en La Pampa. 1975 – 1983.” Libro de Juan Carlos “Pinky” Pumilla y Norberto Asquini, complementados con recuerdos de pobladores de la zona. La foto de este post ha sido tomada de la tapa del libro.)

jueves, 4 de diciembre de 2008

El General Trasladado


(Foto: el busto "viajero" del Libertador, ahora en la Plaza San Martín).

El General Trasladado

Dimos cuenta de algunas barrabasadas monumentales (porque se refieren a monumentos, retratos y conmemoraciones), en el post El Monumento al Broche, de nuestro blog http://elmulaenlapatagonia.blogspot.com/

Allí les hemos presentado al Coronel Cambiado. Esto es, el que aparece en el retrato al que se consideraba representativo del Coronel Ramón Estomba, uno de los postulantes al papel de fundador de la ciudad de Bahía Blanca. El retrato había resultado ser trucho; copia fiel de otro, hecho en Francia a un mariscal napoleónico. Copia fiel de un cuadro, pero copia infiel de Estomba.

También en ese post tuvimos que denunciar a un General Cambiado: el presunto José de San Martín de La Adela, que en realidad es un busto de Carlos María de Alvear.

Ahora es el turno del General Trasladado, cuya efigie, que figura en la foto, ocupa el espacio central de la Plaza San Martín de nuestro pueblo.

Esta vez el busto es realmente de San Martín, y como tal se lo conoce. Se trata de una bella pieza de bronce hecha hacia 1915 en un taller de Buenos Aires, sobre el original de un artista francés.

Lo sucedido en este caso, es que este monumento ha ocupado tres asentamientos sucesivos, a medida que el centro urbano se desplazaba. Estuvo primero en Buena Parada, frente a la Municipalidad vieja según los memoriosos. Después, debido a la cercanía del ferrocarril, el nuevo pueblo de Río Colorado adquirió mayor gravitación; de modo que lo desmontaron al General de su sitio en Buena Parada y lo trajeron… no al lugar donde ahora se encuentra, sino a la plaza de Villa Mitre (en el lugar donde ahora están edificadas las “40 casas”).

Ya debía estar cansado el busto con este trajín. Pero no fue bastante. Al tiempo lo trajeron al lugar donde ahora se encuentra, en la plaza por ahora céntrica, frente al Municipio.

Desde allí, el Libertador otea preocupado las inmediaciones, recelando que si se puebla más densamente el sector que está más cerca de la ruta, tenga que afrontar otra mudanza forzosa. “Tanto anduve a caballo en mis campañas, y todavía no me dejan descansar… Será posible que los presupuestos no hayan alcanzado en 92 años, desde 1916 hasta ahora, para comprar algún otro busto, en vez de sacarme de Buena Parada y después de Villa Mitre”… se lamenta don José Francisco.
(En base a datos facilitados por Antonio Evangelista).

sábado, 29 de noviembre de 2008

Pichón Sorbellini, la callada resistencia



Pichón con su nietita en brazos. Foto cortesía de su familia.



Santos de ninguna iglesia: Máximo “Pichón” Sorbellini y la callada resistencia

En las brujas decididamente no creo – salvo se trate de aquellas creíbles mujeres sabias, que eran perseguidas por saber demasiado. Pero en los santos, sí. No los santos tradicionales, sino mujeres y hombres muy de este mundo, racionales y terrenales, límpidos, solidarios, entregados, mujeres y hombres a quienes he conocido. Son santos porque son justos y porque sin renuncios defienden la libertad.


Varios no son de este poblado; haré su semblanza por ahí. De ellos recuerdo a don Vicente Beltrán, anarquista fundador y rector de la universidad paralela de los pasillos de Bahía Blanca; a Jaime de Nevares, que fue santo a pesar de la iglesia; y a varias personas felizmente vivientes, entre ellas Osvaldo Bayer. Pero hay uno que tiene que estar aquí, en la historia “menor” de Río Colorado: Máximo “Pichón” Sorbellini.


Lo obvio sería decir que Pichón era carnicero. Para los trámites, él mismo se definía como tal: “matarife carnicero”. Eso sí: practicaba su oficio como un arte. Elegía los animales mejores en el campo, los sacrificaba y despostaba, y vendía los cortes en su local (foto), que además de carnicería era mercadito. Se recordará también que fabricaba los mejores chorizos aquí conocidos. Cuando uno invitaba a un asado, decir que la carne era comprada en lo de Pichón constituía un certificado de calidad. Alguna vez él mismo me explicó su idea acerca del trabajo que realizaba: "Si le vendo algo a usted, es para que puedan pasar un momento bueno con su gente. Imagínese qué malo sería si por culpa del carnicero se le arruina una reunión con la familia o con los amigos."


Hasta allí lo visible. Otras características de su persona sin estar ocultas podían permanecer inadvertidas, porque Pichón, a pesar de ser hombre corpulento y fuerte, no se hacía notar. Nunca lo escuché levantar la voz, ni lo vi anteponerse a otro.


Pude apreciar personalmente algunos de esos rasgos menos visibles. Por ejemplo, la solidaridad cotidiana. Yo iba casi todos los días a su carnicería (por entonces estábamos criando a cinco hijos chiquitos); solía observar que algunas personas muy humildes (entre ellas el linyera del pueblo) aparecían discretamente, traspasando apenas la puerta, y allí esperaban. Pichón buscaba bajo el mostrador o en la heladera y sacaba una bolsita ya preparada, supongo que con algunos pedazos de carne; y se la entregaba muy discretamente al interesado, diciendo cuanto más “acá está lo suyo”. Me llamaba la atención que utilizara esta última expresión. A veces, como que pedía disculpas “todavía no tengo lo suyo; si puede pasar dentro de un ratito…”


En tiempos de la tiranía militar yo había conseguido trabajo en un banco. Pichón era cliente allí, y yo sabía que no era un hombre rico; sólo tenía su capital de trabajo. En su vida no había lujos; no tenía auto nuevo, y no parecía pendiente de los bienes materiales. Transmitía una sensación de ascetismo, como de quien vive satisfecho con tener lo necesario.


Otro recuerdo imborrable data de la hiperinflación de 1989.


Por esos días la mayor parte de los negocios habían dejado de “dar fiado”, porque los precios aumentaban de un día para el otro. Por entonces yo era fumador, y recuerdo haber pagado atados de cigarrillos al precio de la lista que manejaba el comerciante, y no al que traían en la etiqueta, porque este último databa de algunos días atrás. Nuestros sueldos se habían desvalorizado brutalmente, y no teníamos ahorros como para afrontar la contingencia. Hasta entonces era costumbre sacar la carne a cuenta en lo de Pichón, pero comprendiendo que quizás él también suspendiera esa práctica, en una de esas mañanas le pregunté qué pensaba hacer.


Con tono tranquilo me dijo:


- Mire Ramón, mantengo este negocio gracias a los clientes que me compran todos los días. Ellos me vienen acompañando a mí; y yo los voy a acompañar a ellos. Si nos fundimos, nos fundiremos juntos.



Hay un apólogo chino que narra un ejemplo parecido. Ocurre una hambruna, y los vecinos de un estudioso vienen a pedir algo de arroz, porque de no conseguirlo, ese día morirían de inanición. Cuando la mujer consulta al dueño de casa, este dispone que se les dé ese arroz que han solicitado. “Pero a nosotros sólo nos queda para dos días” dice ella. “Preferible morir juntos mañana, que solos pasado mañana” contesta él. Quizás esta historia esté narrada en alguno de los libros de Chen Cheng. Yo la escuché a la vuelta de casa y no hace tanto tiempo; y la pude ver puesta en práctica.




Ahora bien, la gran sorpresa para algunos conocidos de Pichón, y aún para sus propios familiares, ocurrió después de su muerte, el 24 de mayo de 2006 (con sólo 64 años de edad).



Aparecieron a saludar a su viuda y a sus hijos algunas personas con las que no sabían que Pichón hubiera estado relacionado. Sus evocaciones eran más o menos similares: “Cuando me querían meter preso en el ’78 por mi actividad gremial, Pichón me mantuvo escondido en el campo hasta que pude irme”; “Pichón protegió a un compañero que necesitaba irse de aquí; le dio plata y le consiguió transporte en el camión de otro amigo”… Así se vino a saber que nuestro carnicero había sido un integrante diligente y silencioso de una resistencia de la que pocas veces se ha hablado. Para más, su familia vino a enterarse de que había sido afiliado al Partido Comunista. Supieron también que una parte importante de sus ingresos había estado destinada a ayudar a camaradas y perseguidos; y que sus propiedades no alcanzaban ya a compensar sus deudas. Pero era mucho más, y de otra índole, lo que Pichón les dejaba y nos dejaba como herencia.


Estos eran datos sorprendentes a primera vista. Pero cuando pensamos en lo que ya conocíamos de su manera de ser, entendimos que esos actos de heroísmo callado compaginaban con su temperamento de hombre decidido, silencioso y con el corazón bien puesto. Me comenta un familiar suyo "Era de esos tipos buenos que no se hacen notar."


Me cuentan que en su vida de entrecasa Pichón no desdecía de estas cualidades. Mientras que en el negocio no hablaba de temas de actualidad o de política, sí lo hacía en la mesa familiar. En la familia se respiraba un ambiente de entera libertad de opinión, con un padre y una madre que permanentemente los estaban estimulando “para que cada uno pensara por sí mismo”, me dice Rosalía, su hija.


Algunas informaciones para su biografía: había nacido en Río Colorado, el 30 de marzo de 1942. Su papá era un inmigrante italiano con ideas de izquierda, y a él debió Pichón su temprana afiliación al Partido.


Ateo irreductible, así se mantuvo hasta el último día. Y los suyos respetaron sus convicciones, con un sepelio en el que no hubo acto religioso alguno.


“La muerte de papá fue también una historia de silencio” comenta Rosalía. Ya fallecido, encontraron guardados los medicamentos que le habían recetado, intactos. Había decidido evitar tratamientos para el cáncer que consideraba innecesarios y mortificantes. Pasó serenamente los últimos meses, y murió en calma y sin estridencias, como había vivido.


Por todos estos motivos Pichón es para mí uno de esos santos de ninguna iglesia que hacen más respirable el aire y más habitable el mundo. Una tradición sufí habla de los diez justos que viven en cada época, y gracias a quienes la humanidad no es destruída. Una poesía de Borges la evoca. Para mí, Pichón ha sido uno de esos diez. Me gustaría que haya una calle o plaza de Río Colorado que lleve su nombre, antes que el de algún dudoso prócer.






martes, 18 de noviembre de 2008

El ríocoloradazo y los extraños niveles de las veredas


En la foto: la vereda y la calzada en la esquina de Sarmiento y Echeverría.
Se puede apreciar el marcado desnivel entre ambas.


El “ríocoloradazo” de 1972
…y por qué hay veredas a un metro de altura sobre la calle.

Parece que hay algo en la memoria social que tiende a evitar el recuerdo de momentos conflictivos; quizás porque de ese modo se evita reabrir viejas cicatrices y revivir enfrentamientos.

Quién sabe si esto es lo mejor para la salud mental de una comunidad. Este cronista prefiere apostar por la memoria ejercida con inteligencia como camino hacia la curación. Memoria inteligente, que no se queda en la anécdota, ni se deleita en juzgar personas, sino que apunta a descubrir qué nos pasó, qué hicimos o dejamos de hacer como conjunto, y como fracciones del conjunto.

En este sentido y con esta intención, creemos necesario volver sobre los tiempos de la dictadura militar, de las personas desaparecidas, o sobre el doble crimen de Sorbellini y Lagunas, o sobre las puebladas de este pueblo; y hacerlo con esta vocación de auto conocimiento de una sociedad.

Hoy contaré una de las puebladas, la que se produjo entre agosto y setiembre de 1972, y que fue llamada el “riocoloradazo”. No fue la única ni la última. Al menos en mi tiempo de vida transcurrido acá, logro identificar otras dos movilizaciones sociales similares, en 1984 y en 2002.

Por esos tiempos, teníamos presidentes militares. Entre 1966 y 1970 lo había sido el omnímodo Juan Carlos Onganía. Entre junio de 1970 y marzo 1971, estuvo Roberto Marcelo Levingston, un militar de “inteligencia”. Una buena mañana nos informaron que este general de voz bronca, recién llegado de Washington, era el primer mandatario; nos lo habían elegido los tres comandantes de las fuerzas armadas.

Onganía había querido postergar la política hasta décadas después (él calculaba unos cuarenta años, como Franco; se iba a tomar su tiempo); pero lo tumbaron los cordobazos y sus pares de armas acaudillados por el general Lanusse. Levingston acariciaba la ilusión de formar una fuerza política que lo respaldara, a él y a su grupo de afinidad, para ser votado por el pueblo en algún futuro. Soñaba con captar las aguas del proscripto peronismo para su molino. En su grupo había algunas personas del sector llamado nacional y popular – tal el caso de Aldo Ferrer, que orientó una política económica de recuperación y desarrollo. Otro cordobazo, y otra intervención de Lanusse, lo derribaron a este general (a quien el ingenio popular había apodado “Pepitito” por su parecido con un payaso que representaba el gran actor cómico José Marrone). Finalmente Alejandro Agustín Lanusse, el último presidente de aquel ciclo de facto, llamó a elecciones. Hubo un partido oficialista, pero no llegó muy lejos.

Onganía había colocado al frente del gobierno de la provincia de Río Negro en setiembre de 1969 al general Roberto Vicente Requeijo. Este hombre comenzó a instalar una imagen de eficacia, como gestor de obras que ponían fin a las postergaciones de la provincia. Hacer las cosas, mal o bien, pero pronto, parecía ser su consigna. Requeijo iba ganando simpatías para un proyecto de más largo aliento. Aspiraba a encabezar una fuerza política que lo ungiera como gobernador electo. Su nombre quedó vinculado al acueducto Pomona – San Antonio Oeste, que a pesar de sus fallas de construcción comenzó a resolver la crónica carencia de agua de la ciudad atlántica. Y en cada pueblo, edificios escolares, dependencias públicas, algún centro cultural, eran inaugurados por el general gobernador.

Buscando incorporar reclutas de cierto arraigo popular, Requeijo sumó a su gabinete a varias figuras, entre ellas el que fue su Ministro de Gobierno, un hombre de Río Colorado: Raúl Elizaga. Don Raúl, figura del justicialismo, fue intendente del pueblo, designado por el general Requeijo, y también él se hizo imagen de hombre que resolvía las cosas. Bajo esa administración municipal y provincial se construyó la planta potabilizadora (que produce agua con un alto costo, cosa que quizás no se supo prever entonces). Más de una persona que actuaba en la política lugareña siguió la bandera de Requeijo, justificando su cambio de filas en que este hombre realizaba obras concretas, sin tanta prédica “política”.

Un rasgo del dinamismo exhibido por Requeijo era su frecuente visita a las localidades. En un momento de 1971 vino a Río Colorado acompañado por Elizaga, ya su ministro. Y entonces, en presencia de los periodistas y de varios vecinos que habían acudido al besamanos de rigor, le dijo a su colaborador: “Señor Ministro, la próxima vez que venga a Río Colorado quiero pisar asfalto.” Aplausos. Y consiguiente apuro de los funcionarios.

Las calles del pueblo eran hasta entonces todas de tierra enripiada. Seguían una pendiente natural hacia el río, de modo tal que al poco rato de haber llovido, el escurrimiento del agua por gravedad dejaba al pueblo transitable otra vez. El conductor de la máquina comunal (una motoniveladora) aprovechaba el estado de humedad de las calles, para darles una emparejada y dejarlas hechas un billar. Por ese motivo lo habían bautizado “Arco Iris” – salía apenas estaba terminando la lluvia.

Atento a las instrucciones del jefe, el ministro aceleró la confección de pliegos y el llamado a licitación. Y un buen día de 1972 aparecieron las máquinas en Río Colorado.

Y comenzaron a socavar. Y a socavar. Y siguieron socavando. En algunas calles, los vecinos extrañados observaban que el nivel de la calzada iba a descender más de un metro por debajo del que entonces existía. “Sin moverme de la vidriera de mi local, veo el techo de la excavadora” contaba uno a quien conocí de cerca. Los que vivían sobre las calles afectadas pensaban con temor en la posibilidad de que sus casas se derrumbaran, pues quedaban con parte de sus cimientos prácticamente al aire.

La inquietud llevó a los vecinos a acercarse a la Municipalidad para saber qué pasaba. No les dieron mayores explicaciones. Tan sólo se les decía que los niveles estaban marcados así en los planos, para garantizar el desagote de las lluvias. Y se acabó.
(En realidad, sabemos ahora que hubo un error en quien debía interpretar los planos: tomó como cota de referencia la altura del puente viejo, más bajo, en lugar de la del puente nuevo, bastante más alto.)

Lo cierto es que llegado a este punto, entraba en contradicción el saber tradicional y la experiencia diaria de los habitantes, con el saber (si lo era) de los técnicos e ingenieros, respaldado por los funcionarios.

Ese saber técnico – funcionarial dominante respondía al modelo nacional, inspirado en modelos europeos como el franquismo. En fin, que si el técnico lo decía y el general más cercano le ponía el sello, había que hacerlo.

En el caso de Río Colorado, el común veía que no hacía falta semejante movimiento de tierras, con riesgo de lo existente en el pueblo, para que el agua escurriera. Y comenzaron las conversaciones, cada vez más encendidas, entre los habitantes – digo así, porque en ese tiempo no se utilizaba el concepto de “ciudadano”; éramos todos “población”, y así lo establecía la Ley de Movilización sancionada por Onganía en 1968.

Nadie respondía a la demanda de los pobladores. Los más preocupados eran los que tenían sus casas y negocios sobre las calles céntricas Yrigoyen, Sarmiento y Belgrano – las más hundidas con los nuevos niveles que se iba a dar al pavimento. El intendente nuevo, René Casales (colocado en ese puesto por el General Requeijo, aconsejado por el anterior intendente y ahora Ministro) era hombre de pocas pulgas. Quizás haya pensado que los reclamos respondían a alguna conspiración de opositores encubiertos. Téngase en cuenta que ya se habían producido el Cordobazo (mayo de 1969), el Viborazo (marzo de 1971), el Rosariazo (mayo y junio de 1969), el Cipollettazo (1969); el Barilochazo (1970); y poco faltaba para el Rocazo de 1972. Las instituciones básicas de la Argentina eran el gobierno no representativo y la rebelión, alternados a modo de sístole y diástole. Quizás en tiempos más recientes, en el 2001, este esquema básico no había cambiado mucho.

De las conversaciones en la calle o en el mostrador de algún negocio, se pasó a la reunión masiva. Personas jóvenes de clase media impulsaron el movimiento.

Téngase en cuenta que en aquellos tiempos, como antes de ellos, y como después (hasta 1984) era habitual vivir bajo “estado de sitio”. Una figura "institucional" militaroide que suponía la prohibición de reuniones públicas, de encuentros de más de dos personas (no era raro que en la calle un policía invitara a disolver la reunión, cuando varios muchachos se entusiasmaban y se ponían a debatir algún tema), la suspensión de las garantías de la libertad personal o de movimiento y residencia…

Pese a esta restricción, un montón de pobladores se reunió en el cine Capitol, cuyo salón ya no existe hoy. Hubo una encendida deliberación. Los docentes, que ya habían organizado un fuerte movimiento gremial pese a la clandestinidad, llevaron la voz cantante. Finalmente se impuso una opción relativamente moderada: presentarle un petitorio firmado al intendente.
En nuestros tiempos, esto es cosa de nada. Pero para aquellos funcionarios, la situación era calificable como netamente subversiva. Fuenteovejuna estaba en plena agitación.

Cuando se juntó una muchedumbre en la Plaza San Martín, frente al Municipio, el Intendente salió con ánimo de reprenderlos y enviarlos a sus casas. Algunos manifestantes se acercaron al hombre por las buenas, para entregarle el petitorio. Y él no tuvo mejor idea que rasgar el pliego a la vista de todos, por inaceptable: "Esto hago yo con los reclamos" dijo mientras rompía el papel.

Ardió Troya. Los manifestantes comenzaron a demandarle que dejara su cargo. El intendente les replicó que ya había presentado su renuncia. Alguien de la multitud dijo en voz muy alta “las verdaderas renuncias son indeclinables, señor”. Prudentemente, y por sentirse en inferioridad de condiciones, la policía no intervino. Las experiencias previas a partir del Rosariazo de 1969, habían sido aleccionadoras en este sentido.

Para la noche de esa jornada, ya no había más intendente. Y llegaron instrucciones de la Provincia para detener la obra del pavimento urbano.

Era tarde ya para enmendar algunos yerros. Aunque se rellenó un poco el agujero hecho por las máquinas, las veredas de las calles Yrigoyen, Belgrano y Sarmiento en sus cuadras céntricas, , quedaron a un metro de altura sobre las respectivas calzadas. Pero en el resto del pueblo, la orden fue hacer el nuevo pavimento sobre los niveles ya existentes. Tardía sensatez. Es decir que el “ríocoloradazo” no resolvió del todo ese dislate ingenieril, pero al menos evitó que fuera mucho más grave.

Hasta hoy, cuando llueve con cierta intensidad, la zona de que hablamos se inunda. Fue necesario luego instalar un costoso sistema de desagües pluviales, que como trabaja contra natura (quiero decir que contradice la gravitación y las pendientes naturales) es costoso por el consumo eléctrico de las enormes bombas de desagote que funcionan en una planta especial cercana al río, pegada al Hospital.

Se bisbisea el nombre de algún responsable, pero vaya uno a saber. Nos dicen que el ingeniero Fulano leyó mal los planos. O que Mengano tomó mal los niveles... Nos quedamos sin identificar ni sancionar al responsable. Como con la deuda externa nacional, o con tantas otras cositas.

El ríocoloradazo no es muy recordado. Lo que informamos está tomado de varios relatos de personas memoriosas.

Este cronista considera que fue un caso destacable de resistencia social contra la tecnocracia del onganiato y sus sucesores. No fue poco mérito llevar a cabo esta acción, en un pueblo chico y bajo un gobierno que disponía de gran poder represivo.




Crónica: Ramón Minieri. Elaborada a partir de narraciones de participantes y memorias propias.

domingo, 16 de noviembre de 2008

EL HUMUS Y EL ARBOL. POR QUÉ ESTE BLOG.


Trabajando en la vendimia. Colonia Juliá y Echarren, 1937 aprox.



EL HUMUS DE LAS CRÓNICAS, EL ARBOL DE LAS HISTORIAS

A modo de presentación, quisiera compartir un interrogante: ¿por qué puede ser necesario, o siquiera interesante, un espacio destinado a la crónica local?

Desde el vamos diré que la atención a los procesos desarrollados en nuestro medio más cercano, no significa en modo alguno una mirada “localista”, parroquialista, limitada a lo pintoresco de la anécdota. Nuestra intención es tomar en cuenta historias locales, de personas que aquí han combatido, vivido, generado cambios y padecido, como un modo de conexión entre lo "nuestro" con las corrientes y procesos de alcance nacional y mundial. Es que lo nuestro está constituido también por todo lo "otro", y revierte sobre ello.

Pero volvamos a nuestra primera pregunta. Para encararla o para rodearla, acudo a otra pregunta: ¿Cómo se generan nuestros saberes históricos?

En buena parte, en nuestra Argentina la hechura de la historia como saber, como entendimiento, está dirigida por el Estado Nación y por sus agencias más o menos autónomas o autárquicas – pongamos, las Universidades. Lo mismo ha sucedido y sucede en otros países donde pesa la construcción de ese Estado central. Los pueblos, las pequeñas ciudades, los obreros rurales, los chacarenos, y los protagonistas de la base social (paisanos, pequeñas asociaciones, mujeres y trabajadores reales, concretos) no son en todo caso más que espectadores, las más de las veces inalcanzados, de esa historia así y allí hecha.

Por otra parte estamos viendo crecer en años recientes otra historia, la de los memorialistas, que atesoran episodios individuales y pequeñas gestas locales. Vuelven los logógrafos, quizás porque los historiadores se han quedado un poco lejos de la base social.

Quizás los logógrafos son convocados para compensar una faltante social. La transmisión oral es cada vez más escasa en las ciudades de la región (me refiero al norte de la Patagonia), sea por el éxodo de jóvenes, por el florecimiento y extinción de actividades en forma espasmódica (yacimientos, cultivos…), con los consiguientes aluviones y pérdidas de poblaciones enteras, por el confinamiento de los ancianos, o por la extendida renuencia de nosotros, los mayores, a relatar hechos del pasado. No sea que nos sitúen entre los viejos, cosa que en general no nos gusta.

Pero esa historia “menor” que suele estar implícita en los relatos de la transmisión oral, y que a veces, no siempre, llega a las páginas de los memorialistas, de todos modos contiene y trasiega luchas populares, huellas de construcciones sociales alternativas y autónomas, procesos de creación y recreación simbólica.

En las ciudades y en algunas zonas rurales surgen movimientos sociales y organizaciones populares que dan cabida y apoyo a la elaboración colectiva de estas otras historias. Este compilador ha vivido la feliz circunstancia de trabajar en algunos de esos proyectos, tanto en la capital cordobesa como en Icho Cruz.

Aquí hemos conocido en el sistema educativo un valioso intento de abordar lo universal desde lo local, desde la investigación y la recopilación hecha por los propios aprendices. Me refiero a la reforma educativa del nivel medio emprendida entre 1986… y desertada oficialmente desde 1988.

Pero a falta de iniciativas como esa, o de organizaciones que encaren nuestra historia local, lo que se impone es una historia televisiva o mediática más o menos apropiada, más o menos exacta, y generalmente centralista. Sus imágenes inciden en la memoria hasta sustituir la historia vivida. Un alumno de 15 años de edad me asegura a pie juntillas que este pueblo fue bombardeado… no en la revolución “Libertadora”, sino en la Segunda Guerra Mundial.

Aún las presentaciones históricas de calidad, como las que realizan Felipe Pigna o Diego Valenzuela, no pueden ser sino centralistas y hasta con un dejo de historias de palacio. E inevitablemente se construyen desde un relato que otro controla.

Desde este blog en cambio, como en otros espacios que podamos gestar y acompañar, postulamos una historia que crezca como un árbol vigoroso, abierto a lo universal y sólidamente sustentado en lo local, a partir del humus de las memorias, de las crónicas.

Entendemos que es esa la manera de lograr supervivencia y robustez para un proyecto de saber histórico popular. Un saber que vaya y vuelva entre paisanas y paisanos, vecinas y vecinos, trabajadoras y trabajadores, y la academia. Que dé lugar a los nombres y las luchas de quienes hicieron historia desde aquí, lo cual es hacerla para el mundo también. ¿Será porque esta historia exhibe y destaca la acción transformadora, que se la escamotea desde las máquinas de producir y reproducir órdenes simbólicos?

Dicho queda lo que nos proponemos con este blog. Y como Clío era una musa, invitamos a que vaya creciendo aquí una partitura y una ejecución coral. Que toda voz que quiera decir lo suyo se incorpore a este espacio con su relato. La pretensión no es la exhaustividad, el sistema, el orden, sino reunir ese humus desordenado y un poco “sucio” del que han de brotar otras cosas, pero que un poco se nos va con cada torrente y cada ventarrón desaforado que suscitan los dominadores.

Un saludo libertario.

Ramón Minieri
Noviembre de 2008